Mi vida para mí.

Ya pasé la etapa de los blogs públicos, llevo como treinta.Sin embargo jamás hice mi propio blog, uno que hable un poco de mí, de mi historia, mis amores y desamores, mis viajes, mis poemas, mis relatos, mis amigos, las cosas que me gustan.Por eso quiero inaugurar esta especie de Diario íntimo-aunque tal vez no tanto-. Simplemente para escribir lo que sienta, lo que quiero, lo que me sale, lo que Soy. "Escribir para mí y por mí". Bienvenido a mi PC blog amigo, aquí charlaremos juntos de tanto en tanto-ya que soy furtiva e inconstante-.

11.4.14

17.3.14

Reunión de primos paternos, Marzo 16 2014

Primos : Patricia,Ricardo, Horacio, Juan Manuel.. Primos políticos : Silvia, Xavor,Irma, Olga.
Mi hermano, Mony y yo. Hermosa reunión.


















16.1.14

Hermoso fin de semana en familia.

Sigo guardando fotos ya que cada vez que se me jode la PC las pierdo. Con Moni y mis primas Adriana y Flavia,












30.9.13

Soy una gran farsante.




Eso es lo que le dije una tarde a mi tía Vicki que estaba en casa de visita.Ella tiene muy buenos conceptos sobre mí, dice que soy inteligente,creativa y varias cosas más y me las dice hasta con cierta admiración por mi personalidad. Me pregunto si alguien que se considera de alguna manera farsante no se contradice cuando lo confiesa,porque creo que la palabra incluiría el rasgo de ser mentirosa y yo no lo soy. Y también me pregunto por qué no encuentro imágenes de mujeres para decorar este breve texto; parece que ese concepto solo les va a los hombres.
Por las dudas voy a buscar la definición concreta,sin embargo me defino de esta manera totalmente convencida.
Ella lo negó desconcertada y lo único que pude responderle es que la gente en realidad no me conoce bien, algo así de que siempre caigo bien parada con estrategias espontaneas y no lo merezco. Veremos,tal vez esta definición no sea un defecto sino una virtud a veces.

PD: Definitivamente no entro en el significado usual, tal vez encaje por aquí : Adj-com.Fig : tramposo, embaucador.

Tampoco soy tramposa  y mucho menos: Dícese de la persona que finge lo que no siente o es; hipócrita.
Creo que entraría en el asunto de embaucadora pero sin mala leche. Ahora se me generó un conflicto interno, por el contrario, mi no fingir ni adoptar posturas ni siquiera por formalidad hacen que muchos me consideren una "mina sin filtro"-como dice Andrea. Bueno,voy a tener que intentar "encajarme en otra definición" pero el asuntito hizo que volviera a escribir.

17.8.13

Guardando más fotos por si se me jode la PC.






 Gus....................................................................................................





Vos, abril 22 del 2.013...................................................................

2.12.12

Otra foto.

Nilda, yo y mamá.

Guardando fotos. No recuerdo los años.


Ani, Alejandra y yo en uno de mis cumpleaños.

27.9.12

Marcelo puede ver la energía o aura en un tris.

No me gusta este nuevo diseño de Blogger, es frío.
Bueno, hace tiempo que no subo nada a mi blog y me lo estoy diciendo a mí. Pero estos últimos días Marcelo se enganchó con los videos de una Catalán que habla de la Física Cuántica y parece que recuperó el interés por el tema de visualizar las energías en las piedras, plantas y de momento vamos hasta aquí. La realidad es que él podía ver las energías desde antes y sin siquiera entrar en algún nivel de concentración o relax. Y hoy mientras desayunábamos y yo le hablaba, hablaba y hablaba, él se largó con un _ Las plantas de la mesa del living tienen energía azul, al menos es lo que veo.
Yo le dije qué cómo, que yo le estaba hablando de otra cosa y él me saltaba con el azul y las plantas y re comenzó el tema.
Entonces le digo que profundice, que lea, que estudie, que todos podemos pero evidentemente él tiene ese Don y le sería útil para hacer Reiki y sumarlo a su trabajo de masajista.
Al ratito yo miraba por la ventana y me dice que al reflejo de la luz del sol, le parecía haber visto el color de mi aura. Y trás cartón me dice que es blanca. Le grité medio en joda y medio en serio que me sentía invadida en mi privacidad. Que si me estaba viendo el color de la bombacha también. Y después le conté que si mal no recordaba, quienes tenían un aura blanca eran los Santos-ya mismo me voy a buscar algo sobre el tema-.
Obviamente hay un error pero concluí el asunto confesándole que yo era la Virgen María.
FIN.

15.3.12

Les presento a mi nueva gatita. Se llama Carmela.



Cuánto tiempo hace que no vengo por acá,tanto que me vi tan sola y auto abandonada que voy a regresar. Para empezar les meto o "me meto" un video de mi gata.Ya dije el nombre pero la llamo Lola.Menos mal ya que es un verdadero demonio.Ahora ya tiene su patita curada y está mucho más grande.
CARMELA,TE PRESENTO MI BLOG,UNO DE LOS 400. BIENVENIDA.¡¡¡¡

14.7.11

El Pájaro Chogüí - Los Tres Soles del Paraguay-me atrapó el recuerdo-



Esta canción la canté en alguna fiesta del colegio primario y jamás me la olvidé. Hoy le conté de ésto a Quique en una carta y tuve ganas de buscar el video. Es hermoso.

7.7.11

LA FRUTA EN EL FONDO DEL TAZÓN RAY BRADBURY

*****Como no estoy escribiendo estos días, se me ocurrió aportar cuentos cortos que me quedaron en la memoria, que me gustaron mucho. Este es uno que corresponde al libro "Las Doradas manzanas del Sol".A mi me encantó.Espero que lo disfruten*****





LA FRUTA EN EL FONDO DEL TAZÓN
RAY BRADBURY
William Acton se incorporó. El reloj sobre la chimenea dio las doce de la noche.
Se miró las manos y miró el cuarto a su alrededor y miró al hombre que yacía en el piso. William
Acton cuyos dedos habían apretado teclas de máquinas de escribir y hecho el amor y freído jamón
con huevo en tempranos desayunos, había ahora cometido un crimen con los mismos dedos
verticilados.
Nunca había pensado en ser escultor, y sin embargo, en este momento, mirando entre sus manos
el cuerpo tendido en el pulido piso de madera, advirtió que apretando, retorciendo, remodelando de
algún modo la arcilla humana, había transformado a este hombre llamado Donald Huxley, le había
cambiado la cara y hasta la forma del cuerpo.
Con un leve movimiento de los dedos había borrado el particular brillo de los ojos grises de
Huxley, y lo había reemplazado con la ciega opacidad de un ojo helado en su órbita. Los labios,
siempre rosados y sensuales, se habían levantado para mostrar los dientes equinos, los incisivos
amarillos, los caninos manchados de nicotina, los molares con incrustaciones de oro. La nariz, antes
también rosada, era ahora veteada, pálida, descolorida, como las orejas. Las manos de Huxley, sobre
el piso, estaban abiertas, y por primera vez suplicaban y no exigían.
Sí, era una obra de arte. En conjunto, el cambio había favorecido a Huxley. La muerte lo había
transformado en un hombre más tratable. Ahora uno podía hablar con él, y él tenía que escuchar.
William Acton se miró los dedos.
Estaba hecho. No podía retroceder. ¿Lo había oído alguien? Escuchó. Afuera continuaban los
ruidos normales del tránsito tardío. Nadie golpeaba la puerta de la casa, ningún hombro intentaba
transformarla en leña, ninguna voz exigía entrar. Había cometido el asesinato, había enfriado la
arcilla, y nadie lo sabía.
¿Ahora qué? El reloj había dado las doce de la noche. Todos sus impulsos estallaban en una
histeria que lo arrastraba hacia la puerta. Apresúrate, corre, no vuelvas nunca, salta a un tren, llama a
un taxi, vete, corre, camina, pasea, ¡pero aléjate de aquí!
Las manos se le movieron ante los ojos, flotando, volviéndose.
Las torció y retorció con lentitud, deliberadamente; parecían aéreas, livianas como plumas. ¿Por
qué las miraba de ese modo?, se preguntó a sí mismo. ¿Había algo en ellas de inmenso interés, de
modo que debía hacer una pausa, luego de una exitosa estrangulación, y examinarlas verticilo por
verticilo?
Eran manos comunes. Ni gruesas, ni flacas; ni largas, ni cortas; ni velludas, ni desnudas; poco
cuidadas y sin embargo limpias; poco blandas y sin embargo sin callos; sin arrugas y sin embargo
tampoco lisas; nada criminales y sin embargo tampoco inocentes. Parecía como si fuesen milagros
que debía mirar.
Pero no le interesaban las manos como manos, ni los dedos como dedos. En la entumecida
intemporalidad que había seguido a la violencia, sólo le interesaban las puntas de los dedos.
El tictac del reloj sonaba sobre la chimenea.
Se arrodilló junto al cuerpo de Huxley, sacó un pañuelo del bolsillo de Huxley, y limpió con él el
cuello de Huxley. Frotó y masajeó el cuello y restregó la cara y la nuca con feroz energía. Luego se
incorporó.Miró el cuello. Miró el piso pulido. Se inclinó lentamente, y sacudió el polvo con el pañuelo. En
seguida frunció el ceño y frotó el piso. Primero, cerca de la cabeza del cadáver; después, cerca de los
brazos. Limpió cuidadosamente el piso hasta un metro alrededor del cadáver. Luego limpió el piso
hasta dos metros alrededor del cadáver. Luego limpió el piso hasta tres metros alrededor del cadáver.
Luego...
Se detuvo.
En un momento le pareció ver toda la casa, las paredes con espejos, las puertas talladas, los
espléndidos muebles, y tan claramente como si la repitieran palabra por palabra oyó la charla que
habían tenido Huxley y él mismo sólo hacía una hora.
Un dedo en el timbre de Huxley. La puerta de Huxley se abre.
¾¡Oh! ¾dice Donald Huxley sorprendido¾. Eres tú, Acton.
¾¿Dónde está mi mujer, Huxley?
¾¿Piensas que te lo diré realmente? No te quedes ahí, idiota. Si quieres discutir el asunto, entra.
Por esa puerta. Allí, en la biblioteca.
Acton había tocado la puerta de la biblioteca.
¾¿Bebes?
¾Un trago. Lo necesito. No puedo creer que Lily se haya ido, que ella...
¾Ahí hay una botella de borgoña, Acton. ¿No te importa sacarla del armario?
Sí, sácala. Tómala. Tócala. La había tocado.
¾Hay algunas primeras ediciones interesantes allí, Acton. Mira esa encuadernación, siéntela.
¾No vine a ver libros. Yo...
Había tocado los libros y la mesa de la biblioteca y la botella de borgoña y los vasos de borgoña.
Ahora, en cuclillas junto al frío cuerpo de Huxley, con el pañuelo en los dedos, inmóvil, miró la
casa, los muros, los muebles de alrededor, con los ojos cada vez más abiertos, la mandíbula caída,
asombrado por lo que había hecho y lo que veía. Cerró los ojos, dejó caer la cabeza, arrugó el
pañuelo entre las manos, apelotonándolo, mordiéndose los labios.
Las huellas digitales estaban en todas partes, ¡en todas partes!
¾¿No te importa traer el borgoña, Acton, eh? ¿La botella de borgoña, eh? ¿Con tus dedos, eh?
Estoy terriblemente cansado. ¿Entiendes?
Un par de guantes.
Antes de hacer nada más, antes de limpiar otra área, debía conseguir un par de guantes. O
imprimiría otra vez su identidad, sin darse cuenta.
Se metió las manos en los bolsillos. Caminó por la casa, hasta el paragüero, las perchas. El abrigo
de Huxley. Dio vuelta los bolsillos.
No había guantes.
Otra vez con las manos en los bolsillos, subió las escaleras, moviéndose con una medida rapidez,
no permitiéndose a sí mismo ningún frenesí, ningún desorden. Había cometido el error inicial de no
llevar guantes (pero, después de todo, no había planeado un asesinato, y su subconsciente, que podía
haber anticipado el crimen, ni siquiera le había insinuado que debía ponerse guantes antes que
terminara la noche), de modo que ahora tenía que pagar su pecado de omisión. En alguna parte en la
casa debía haber un par de guantes. Tenía que apresurarse. Era posible que alguien visitase a Huxley,
aun a esta hora. Amigos ricos que venían a beber o habían bebido en otra parte, que reían, gritaban,
iban y venían sin un hola ni un adiós. Podía ocurrir en cualquier momento, y a las seis de la mañana
los amigos de Huxley vendrían a buscarlo para ir al aeropuerto y viajar a la ciudad de México...Acton corrió en el piso de arriba abriendo cajones, usando el pañuelo como un secante. Abrió
setenta u ochenta cajones en seis cuartos, dejándolos, podría decirse, con la lengua afuera, corriendo
a abrir otros. Se sentía desnudo, imposibilitado de hacer algo hasta que tuviera los guantes. Podía
fregar toda la casa con el pañuelo, pasándolo por todas las superficies donde había dejado quizá sus
huellas digitales y luego accidentalmente tocar una pared aquí o allí, ¡sellando de ese modo su
propio destino con un retorcido símbolo microscópico! ¡Sería como poner su estampilla de
aprobación al crimen, eso sería! Como aquellos sellos de cera de los viejos días cuando se abrían los
crujientes papiros, se hacían florecer las tintas, se espolvoreaba todo con arena, y se apretaban al pie
los anillos de sello mojados en caliente cera roja. ¡Así sería si dejaba una sola, debía recordarlo, una
sola huella digital en la escena! Aunque aprobara el crimen no podía llegar al extremo de ponerle un
sello.
¡Más cajones! No pierdas la cabeza, mira bien, ten cuidado, se dijo a sí mismo.
En el fondo del cajón ochenta y cinco encontró unos guantes.
¾¡Oh, Señor, Señor!
Cayó contra el escritorio, suspirando. Se probó los guantes, los alzó, los flexionó orgullosamente,
los abotonó. Eran suaves, grises, gruesos, impermeables. Podía hacer cualquier cosa ahora sin dejar
huellas. Se llevó el pulgar a la nariz ante el espejo de la alcoba, chasqueando la lengua.
¾¡No! ¾gritó Huxley.
Qué plan malvado había sido.
Huxley había caído al piso, ¡a propósito! ¡Oh, qué hombre perversamente listo! Huxley había
caído en el piso de madera, arrastrando a Acton. ¡Habían rodado dando golpes y manotazos en el
piso, estampando y estampando frenéticas huellas digitales! Huxley había conseguido alejarse unos
pocos centímetros, ¡y Acton se había arrastrado detrás para echarle las manos al cuello y apretárselo
hasta que la vida salió de él como pasta que sale de un tubo!
Con los guantes puestos, Acton volvió a la sala, y se arrodilló en el piso, y se puso laboriosamente
a la tarea de limpiar cada maldito centímetro infectado. Luego se acercó a una mesa y frotó una pata,
subiendo a lo largo de las molduras. Llegó arriba y tropezó con un tazón de fruta de cera. Pulió la
plata filigranada, sacó las frutas y las limpió dejando sólo la del fondo.
¾Estoy seguro de no haberlas tocado ¾dijo.
Luego se encontró con un cuadro enmarcado que colgaba encima de la mesa.
¾Ciertamente, no he tocado eso ædijo.
Se quedó mirándolo.
Lanzó una ojeada a todas las puertas de la sala. ¿Qué puertas había abierto esa noche? No podía
recordarlo. Límpialas todas, entonces. Empezó con los pestillos, hasta que resplandecieron, y luego
restregó las puertas de la cabeza a los pies. No podía correr riesgos. Luego revisó todos los muebles
de la sala y limpió los brazos de los sillones.
¾Esa silla en que estás sentado, Acton, es una vieja pieza Louis XIV. Siente ese material ¾dijo
Huxley.
¾¡No vine a hablar de muebles, Huxley! Vine por Lily.
¾Oh, vamos, no puedes tomarte el asunto tan en serio. Ella no te quiere, ya sabes. Me dijo que
irá conmigo a México, mañana.
¾¡Tú y tu dinero y tu condenado mobiliario!
¾Es un hermoso mobiliario, Acton. Tócalo, interpreta bien tu papel de huésped.
Podían descubrirse huellas digitales en los tapizados.¾¡Huxley! ¾William Acton miró fijamente el cadáver¾. ¿Sospechaste que iba a matarte? ¿Lo
sospechó tu subconsciente, como el mío? ¿Y te dijo tu subconsciente que me hicieses correr por la
casa tomando, tocando, acariciando libros, platos, puertas, sillas? ¿Eras tan inteligente y tan
perverso?
Limpió todos los sillones y sillas con el apretado pañuelo. Luego recordó el cuerpo. Se inclinó
sobre él y lo frotó primero por este lado, luego por este otro, bruñendo todas sus superficies. Hasta
lustró los zapatos, gratis.
Mientras lustraba los zapatos, un leve estremecimiento de preocupación le pasó por la cara. Al fin
se levantó y se acercó a la mesa.
Sacó y pulió la fruta de cera del fondo del tazón.
¾Mejor así ¾murmuró, y volvió al cuerpo.
Pero cuando se inclinaba hacia el cuerpo, pestañeó, y le tembló la mandíbula. Se incorporó y se
acercó otra vez a la mesa.
Frotó el marco del cuadro.
Mientras frotaba el marco del cuadro descubrió...
La pared.
¾Eso ¾dijo¾ es tonto.
¾¡Oh! ¾gritó Huxley, rechazando a Acton. Lo empujó mientras luchaban, y Acton cayó
tocando la pared, y corrió otra vez hacia Huxley. Estranguló a Huxley. Huxley murió.
Acton dejó resueltamente la pared, trastabillando. Los gritos y la acción se apagaron en su mente.
Miró las cuatro paredes.
¾¡Ridículo! ¾dijo.
De reojo vio algo en una pared.
¾Me niego a mirar ¾dijo para distraerse a sí mismo¾. ¡Ahora la próxima habitación! Seré
metódico. Veamos... Estuvimos en el vestíbulo, la biblioteca, esta sala, el comedor y la cocina.
Había una mancha en la pared, detrás.
Bueno, ¿había una mancha o no?
Se volvió enojado.
¾Muy bien, muy bien, sólo para estar seguro.
Se acercó y no pudo encontrar ninguna mancha. Oh, una muy pequeña, sí, allí. La borró. De todos
modos no era una huella digital. Terminó de borrarla, y su mano enguantada se apoyó en la pared, y
miró la pared y cómo se extendía a la derecha y a la izquierda, y por encima de su cabeza y hasta sus
pies.
¾No ¾dijo suavemente.
Miró hacia arriba y hacia abajo y de costado y dijo en voz baja:
¾Eso sería demasiado.
¿Cuántos metros cuadrados?
¾Me importa un bledo ¾dijo.
Pero, como desconocidos, sus dedos enguantados se movían ya sobre la pared.
Espió la mano y el empapelado del muro. Miró por encima del hombro el otro cuarto.
¾Debo ir allá y limpiar lo más importante ¾se dijo, pero la mano se quedó allí, como para
sostener la pared, o sostenerlo a él. Se le endureció la cara.
Sin una palabra empezó a fregar el muro, hacia arriba y abajo, hacia arriba y abajo, hacia adelante
y atrás, arriba y abajo, arriba estirándose en puntillas de pies, abajo inclinándose todo lo posible.
¾¡Ridículo, oh, Señor, ridículo!
Pero debes estar seguro, le dijo su pensamiento.¾Sí, uno tiene que estar seguro ¾replicó.
Terminó con una pared, y entonces...
Se acercó a otra pared.
¾¿Qué hora es?
Miró el reloj de la chimenea. Había pasado una hora. Era la una y cinco.
Sonó el timbre de calle.
Acton se endureció, clavando los ojos en la puerta, el reloj, la puerta, el reloj.
Alguien golpeaba ruidosamente.
Pasó un largo rato. Acton no respiraba. Le faltó el aire y empezó a caer, tambaleándose. En su
cabeza rugió un silencio de olas frías que rompían como truenos en pesadas rocas.
¾¡Eh, ahí adentro! ¾gritó una voz de borracho¾. ¡Sé que estás ahí, Huxley! ¡Abre, maldito! Es
el chico Billy, borracho como una cuba! Huxley, viejo compañero, más borracho que dos cubas.
¾Vete ¾murmuró Acton silenciosamente, apretado contra la pared.
¾Huxley, estás ahí, te oigo respirar ¾gritó la voz borracha.
¾Sí, estoy aquí ¾murmuró Acton, sintiéndose largo y tendido y torpe en el piso, torpe y frío y
mudo¾. Sí.
¾¡Demonios! ¾dijo la voz perdiéndose en la niebla. Las pisadas se apagaron¾. Demonios...
Acton se quedó tendido un tiempo sintiendo que el rojo corazón le golpeaba en los ojos cerrados,
en la cabeza. Cuando al fin abrió los ojos, vio la limpia pared que se alzaba ante él. Al cabo de un
rato se animó a hablar:
¾Tonterías ¾dijo¾. Esa pared no tiene una mancha. No la tocaré. Apresúrate. Apresúrate. No
hay tiempo, tiempo. ¡Sólo faltan unas pocas horas para que lleguen esos condenados amigos!
Se dio vuelta alejándose.
Vio de reojo las telas de araña. Cuando les volvió la espalda, las arañas salieron de la madera y
tejieron delicadamente sus frágiles telas casi invisibles. No en la pared de la izquierda, que acababa
de limpiar, sino en las otras tres que aún no había tocado. Cada vez que las miraba directamente, las
arañas se metían en las grietas de la madera, y salían cuando él se alejaba.
¾Estas paredes están bien ¾insistió casi gritando¾. ¡No las tocaré!
Se acercó a un escritorio donde Huxley había estado sentado. Abrió un cajón y sacó lo que
buscaba. Una pequeña lupa que Huxley usaba a veces para leer. Tomó la lupa y fue hasta la pared,
incómodo.
Huellas digitales.
¾¡Pero éstas no son mías! ¾Acton rió nerviosamente¾. ¡Yo no las puse ahí! ¡Estoy seguro!
¡Un sirviente, un mayordomo, quizá una mucama!
La pared estaba llena de huellas.
¾Mira ésta ¾dijo¾. Larga y afilada, de mujer. Apostaría todo mi dinero.
¾¿Apostarías?
¾¡Apostaría!
¾¿Estás seguro?
¾¡Sí!
¾¿Realmente?
¾Bueno..., sí.
¾¿Absolutamente?
¾¡Sí, maldita sea, sí!
¾Bórrala de todos modos, ¿por qué no?¾¡Allá va, Dios mío!
¾Fuera con esa condenada mancha, ¿eh, Acton?
¾Y esta otra de al lado ¾se mofó Acton¾. Es la huella de un hombre gordo.
¾¿Estás seguro?
¾¡No empieces otra vez! ¾estalló Acton, y la borró.
Se sacó un guante y alzó la mano, temblando, a la luz deslumbrante.
¾¡Mira, idiota! ¿Ves cómo van los verticilos? ¿Ves?
¾¡Eso no prueba nada!
¾¡Oh, bueno, bueno!
Rabioso, frotó la pared de arriba a abajo, de derecha a izquierda, con las manos enguantadas,
sudando, gruñendo, jurando, doblándose, incorporándose, con una cara cada vez más encendida.
Se sacó la chaqueta y la puso en una silla.
¾Las dos ¾dijo, terminando la pared, mirando el reloj.
Se acercó al tazón de la mesa y sacó las frutas de cera y frotó la del fondo y la puso otra vez en su
sitio y frotó el marco del cuadro.
Miró la araña de luces.
Los dedos se le retorcieron a los lados del cuerpo.
Se le abrió la boca y la lengua se le movió sobre los labios y miró la araña y apartó los ojos y miró
otra vez la araña y miró el cuerpo de Huxley y luego la araña con sus largas perlas de cristal de arco
iris.
Trajo una silla y la puso bajo la lámpara y apoyó un pie en el tapizado y lo bajó y arrojó la silla
violentamente, riéndose, a un rincón. Luego salió corriendo del cuarto dejando una pared sin limpiar.
En el comedor se acercó a la mesa.
¾Quiero mostrarte mi cuchillería gregoriana, Acton ¾había dicho Huxley. ¡Oh, aquella voz
casual e hipnótica!
¾No tengo tiempo ¾dijo Acton¾. Tengo que ver a Lily...
¾Tonterías, observa esta plata, esta exquisita orfebrería.
Acton se detuvo junto a la mesa donde se alineaban las cajas de cubiertos, oyendo una vez más la
voz de Huxley, recordando cuántas veces los había tocado.
Fregó los tenedores y cucharas, y descolgó de la pared todos los platos decorativos y todas las
cerámicas especiales...
¾Mira esta hermosa pieza de cerámica de Gertrude y Otto Nazler, Acton. ¿Conoces sus trabajos?
¾Es hermosa.
¾Tómala. Dala vuelta. Mira la hermosa delgadez del tazón, trabajado a mano en la mesa
giratoria, fino como una cáscara de huevo, increíble. ¿Y el asombroso lustre volcánico? Tómalo,
adelante. No me importa.
Tómalo. Adelante. ¡Recógelo!
Acton sollozó en forma entrecortada. Lanzó la pieza contra la pared. La cerámica se hizo trizas
desparramándose en copos por el piso.
Un instante después Acton estaba de rodillas. Había que encontrar todos los pedazos, todos los
fragmentos. ¡Tonto, tonto, tonto!, se gritó a sí mismo, sacudiendo la cabeza y cerrando y abriendo
los ojos y metiéndose debajo de la mesa. Encuentra todos los pedazos, idiota, no hay que olvidar uno
solo. ¡Tonto, tonto! Los juntó. ¿Están todos? Los puso sobre la mesa, ante él. Miró otra vez debajo
de la mesa y debajo de las sillas y los aparadores y gracias a la luz de un fósforo encontró otro
fragmento más y se puso a frotar cada fragmento como si fuesen piedras preciosas. Los dejó
ordenadamente Sobre la brillante mesa pulida.¾Una hermosa pieza de cerámica, Acton. Adelante..., tócala.
Acton sacó los manteles y servilletas y los frotó, y frotó las sillas y mesas y pestillos y ventanas y
anaqueles y cortinas, y frotó el piso y entró en la cocina, jadeando, respirando violentamente, y se
sacó el chaleco y se ajustó los guantes y frotó los cromos resplandecientes...
¾Te mostraré mi casa ¾dijo Huxley¾. Ven...
Y Acton limpió todos los utensilios y los grifos de bronce y las ollas, pues ahora ya no recordaba
qué cosas había tocado y cuáles no. Huxley y él habían estado un rato aquí en la cocina. Huxley
orgulloso de su batería, ocultando su nerviosidad ante la presencia de un potencial asesino, quizá
queriendo estar cerca de los cuchillos, que podía necesitar... Habían estado un rato allí, tocando esto,
aquello, alguna otra cosa, no podía recordar qué o cuánto o cuántas veces. Acton terminó con la
cocina y cruzó el vestíbulo y entró otra vez en la sala donde yacía Huxley.
Acton gritó.
¡Había olvidado la cuarta pared! Y Mientras se había ido, las arañas habían salido de la cuarta
pared sucia y habían corrido por las paredes limpias, ensuciándolas otra vez! En el cielo raso, desde
el candelero, en los rincones, en el piso, ¡un millón de tejidas telas se estremeció con su grito!
Mínimas, mínimas telas, no más grandes qué, irónicamente, tu dedo...
Mientras Acton miraba, otras telas aparecieron sobre el marco del cuadro, el tazón de fruta, el
cadáver, el piso. Las huellas cubrían el cortapapeles, los cajones abiertos, la superficie de la mesa,
huellas, huellas, huellas en todo, en todas partes.
Acton frotó el piso furiosamente, furiosamente. Hizo rodar el cuerpo y lloró sobre él mientras lo
limpiaba, y se incorporó y se acercó a la mesa, y limpió la fruta en el fondo del tazón. Luego puso
una silla bajo la lámpara, y se subió a la silla y limpió cada llama colgante, sacudiéndola como una
pandereta de cristal, hasta que la llama sonó como una campanilla. Luego saltó de la silla y frotó los
pestillos y se subió a otras sillas y refregó las paredes más arriba y corrió a la cocina y sacó una
escoba y quitó las telas de araña del cielo raso y limpió la fruta en el fondo del tazón y lavó el cuerpo
y los pestillos y la platería y encontró la barandilla de la escalera y siguió la barandilla hasta el
primer piso.
¡Las tres! En todas partes, con una furiosa y mecánica intensidad sonaban los relojes. Había doce
cuartos abajo y ocho arriba. Imaginó los metros y metros de espacio y tiempo que necesitaba. Cien
sillas, seis sillones, veintisiete mesas, seis radios. Y abajo y arriba y detrás. Separó los muebles de
las paredes, y sollozando, les sacó el polvo de muchos años atrás, y se tambaleó y siguió la
barandilla hacia arriba, sosteniéndose, borrando, fregando, puliendo, pues si dejaba una sola huella
se reproduciría, y habría otra vez un millón de huellas. Habría que repetir el trabajo, ¡y ya eran las
cuatro! Le dolían los brazos y se le habían hinchado los ojos que se clavaban fijamente en todas las
cosas, y se movía pesadamente, sobre piernas extrañas, cabizbajo, moviendo los brazos, frotando y
restregando, dormitorio por dormitorio, armario por armario...
Lo encontraron a las seis y media de la mañana.
En el altillo.
La casa entera resplandecía. Los floreros brillaban como astros de vidrio. Las sillas parecían
barnizadas. Los hierros, los bronces y los cobres relucían. Los pisos chispeaban. Las barandillas
centelleaban.
Todo fulguraba, todo destellaba. ¡Todo era brillante!
Lo encontraron en el altillo frotando los viejos baúles y los viejos marcos y las viejas sillas y los
viejos juguetes y cajas de música y floreros y cubiertos y caballos de madera y monedas polvorientas
de la guerra civil. Acababa de limpiarlo todo cuando el oficial de policía entró con un revólver.
¾¡He terminado!Cuando dejaba la casa, Acton frotó con su pañuelo el pestillo de la puerta de calle y cerró con un
portazo triunfal.
F I N
Título Original: The Fruit at the Bottom of the Bowl © 1953.
Edición Digital de Arácnido.
Revisión 2.

2.7.11

Hablando de Pinamar.Tres etapas diferentes.

A los veinteypico...
A los cuarentaypico...
Con mi prima Adriana, a los veinteypico en la cabaña. Ese cuadrito lo había hecho yo.

Leyendo sin parar mientras camino por la calle.


Esas cosas que alguna tía te cuenta de pronto y vos ni te acordás.
Decía mi tía Blanca Giri que cuando yo era adolescente, alrededor de los doce años y veraneábamos en Pinamar, a la hora de ir a la playa los jóvenes se entusiasmaban y estaban prontos y ansiosos por llegar. Sin embargo, yo era una come libros de esos bien gordos, los grandes novelistas. Y costaba hacerme levantar del coy, hacerme cerrar el libro y empezar a marchar.Y con una sonrisa me contó hace muy poco que yo accedía pero no cerraba el libro. El grupo caminaba delante, apurado y yo andaba despacio, en mi mundo y no dejaba de leer mientras hacíamos el largo caminito. Ni prestaba atención a los autos.Entonces pude verme en el recuerdo, gordita, pelo corto, anteojos y totalmente embebida en las fascinantes historias de mis libros.
Llegábamos al mar, mi hermano y mis primos corrían por la arena y yo me metía en una carpa, me sentaba con el libro y me perdía del mundo real.
Menos mal que años más tarde elegí mirar un poco hacia afuera.